Suspiro, tranquila voz que exhalaron tus labios.
Recta columna de destello fémino,
implacable al son de un terrible oleaje.
Delicada, bella fineza de tu cuerpo,
es tu perfume lágrimas de tu piel.
Esas que de rasagar tu cabello,
sería para envidia de la misma Naturaleza.
Ella que tiene mares y tierras soberbias
todas sin fragancia a perfume de piel tuya.
Porque la misma luz te codicia,
que la Providencia tomó de ella refulgencia divina,
para modelar tu cuerpo,
con la escencia del mismo universo.
Felipe A. Gómez Trejos